El pasado nueve de noviembre conmemoramos el trigésimo primer aniversario de la caída del muro de Berlín, un muro de seguridad que desde el 13 de agosto de 1961 hasta el 9 de noviembre de 1989 dividió la ciudad de Berlín en dos zonas: la parte oriental, perteneciente a la República Democrática de Alemania; y, la parte occidental, correspondiente a la República Federal de Alemania; la primera de ellas regida por el sistema comunista, en tanto que la segunda era gobernada por el sistema capitalista. Para algunos, particularmente para las nuevas generaciones, será necesario recordar que al final de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) debido al desacuerdo en el reparto de Alemania entre las potencias vencedoras, Estados Unidos, Unión Soviética, Reino Unido y Francia, el mundo occidental quedó escindido en dos grandes bloques o bandos, uno comunista, liderado por la Unión Soviética o Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), y otro capitalista, dirigido por Estados Unidos.

De hecho, más que de una escisión, se trató de una confrontación ideológica y política, evidentemente con consecuencias económicas y sociales, que amenazaba constantemente con el desencadenamiento de una Tercera Guerra Mundial. Si bien ambas naciones pretendían imponer su hegemonía, el enfrentamiento entre ellas siempre fue indirecto, de ahí que ese periodo sea llamado Guerra Fría, la cual terminó al disolverse la Unión Soviética en 1991 tras una crisis económica insuperable. Precisamente el 25 de diciembre de 1991, mientras gran parte de la humanidad celebraba Navidad, el entonces mandatario soviético Mijaíl Gorbachov anunció en Moscú su dimisión como presidente de la URSS. Estrictamente el proceso de disolución había comenzado el 8 de diciembre con la firma del tratado de Belavzha en que se declaraba la disolución de la URSS y se establecía en su lugar la Comunidad de Estados Independientes (CEI).

Respecto a lo anterior, lo que atañe especialmente a esta reflexión es el hecho de que la desaparición del mayor Estado comunista en la historia fue asumida por gran parte de Occidente como el triunfo definitivo del capitalismo, como la demostración empírica de que el ideal comunista era irrealizable. Así, la caída del muro de Berlín se convirtió en la expresión palpable de el fin de la ideología; en paráfrasis de Daniel Bell, entendido este final como la supresión de todo conflicto social significativo, como el cese de todo acontecimiento empírico digno de trascendencia histórica, lo cual se traduce como el triunfo del liberalismo en la esfera de las ideas y la conciencia, aunque en el mundo real o material dicho triunfo quedara incompleto y abierto a la posibilidad de que a largo plazo se dará su imposición. 

Naturalmente la teoría sobre El final de la ideología (Daniel Bell, 1960) causó polémica y detonó nuevas reflexiones, entre ellas ¿El fin de la historia? (Francis Fukuyama, 1989), obra en que su autor vincula el fin de la ideología con el fin de la historia, entendida ésta como el proceso evolutivo que representa la autorrealización de la libertad en el mundo, como la realización de un telos, la culminación del mismo y no su conclusión ni final. En la perspectiva de Fukuyama, la historia de la humanidad consiste en un proceso único, evolutivo y coherente hacia la democracia liberal, de manera que el fin de la historia significa la victoria del liberalismo político y económico manifiesta en el agotamiento total de alternativas sistemáticas viables al liberalismo occidental.

Innegablemente tanto el final de la ideología como el fin de la historia, constituyen tremendas teorías dignas de análisis exhaustivo y crítica aguda. No obstante, con la pretensión de ceñirnos al tema del reconocimiento, en lo subsecuente sólo se detalla en los fundamentos filosóficos del fin de la historia expuestos por Fukuyama en su obra mencionada, es decir, los dos factores que de acuerdo con él han sido motor del proceso histórico: la ciencia moderna; y, la lucha por el reconocimiento. En el primer caso, continúa el mismo autor, la ciencia moderna se halla íntimamente vinculada con el desarrollo económico y éste se liga con la tecnología y la productividad, al tiempo que indefectiblemente tiende hacia el capitalismo; dicho de otro modo, ciencia moderna, desarrollo económico, tecnología y productividad parecen conducir naturalmente hacia el establecimiento de un sistema económico capitalista.

En cuanto al segundo factor fundamental en el proceso histórico, a saber la lucha por el reconocimiento como motor que impulsa a la historia humana en dirección de la democracia liberal, el politólogo estadounidense recurre, para demostrar que el deseo de reconocimiento es una característica inherente al ser humano, a Platón. “Más concretamente a esa parte del alma humana que en el libro IV de La República, cuando expone su famosa concepción tripartita del alma, denomina thymos. Un término que puede traducirse por valor, coraje, orgullo, honor (o por lo que hoy llamaríamos más propiamente «autoestima»).” (García-Morán Escobedo, Juan en ¿El fin de la historia?, Fukuyama, 2015: 36 y 37) En otras palabras, thymos denotaría el sentido humano innato de la justicia, aquello que nos hacer sentir indignados cuando somos tratados injustamente, cuando se atenta contra nuestra dignidad y nos empuja para actuar de acuerdo con nuestro sentido de la justicia y la dignidad, arriesgando incluso el propio bienestar, la propia vida.

Visto así y de acuerdo con Fukuyama, sólo el hombre thymótico, el hombre indignado estará dispuesto a luchar por su dignidad y por la de sus conciudadanos, por el aspecto thymótico de la personalidad humana es que hombres y mujeres están dispuestos defender su dignidad y exigir una democracia participativa, una democracia liberal, aún a costa de sus vidas. Ahora bien, en seguimiento de lo expuesto por el mismo escritor, es posible distinguir en la lucha por el reconocimiento dos componentes o mejor dicho, aclara García-Morán en su excelente presentación a la obra de Fukuyama, dos formas de manifestarse: megalothymia, el deseo de ser reconocido como superior a los demás; e, isothymia, el deseo de ser reconocido como igual a los demás. Dado que la isothymia se asocia con el ideal democrático,  a diferencia de la megalothymia que se vincula con el ideal aristocrático, “La transición a la sociedad democrática moderna vendrá marcada por el eclipse de la megalothymia y el triunfo de la isothymia, por cuanto el advenimiento de la democracia liberal supuso que el deseo irracional de ser reconocido como superior a los demás fuese sustituido por el deseo racional de ser reconocido como igual.” (García-Morán Escobedo, Juan en ¿El fin de la historia?, Fukuyama, 2015: 38)  

En suma, la caída del muro de Berlin, el término de la Guerra Fría, la disolución de la URSS no sólo pueden ser concebidos como pruebas fehacientes del triunfo del liberalismo, más allá de la polémica en torno a la afirmación del final de la ideología  y el fin de la historia como consecuencia, al menos en primera instancia se muestra evidente la importancia, el influjo determinante de la lucha por el reconocimiento en la historia de la humanidad. Basta recordar todas las guerras acaecidas y pensar en los movimientos sociales vigentes para reconocer en la naturaleza humana una cierta pasión por la igualdad, que no se reduce a motivaciones económicas ni a la búsqueda de poder, explica Fukuyama, sino que por sobre todo refiere a una pasión por la igualdad de reconocimiento, esto es, igualdad de respeto y dignidad. Consecuentemente cuando reflexionamos sobre el reconocimiento y propugnamos la igualdad entre todos los seres humanos, apuntamos hacia el reconocimiento de todo otro como un yo legítimo, es decir, un ser facultado con entendimiento y voluntad para su autoconfiguración, un ser humano, un ser libre.

Referencias bibliográficas:

Bell, Daniel (2015). El final de la ideología. Ed. Alianza. España.

Fukuyama, Francis (2015). ¿El fin dela historia? Ed. Alianza. España.