“Quien conoce a los demás es inteligente, quien se conoce a sí mismo es sabio.”
Lao Tsé, Tao Te King

De una u otra forma todas las tradiciones ponen sobre los seres humanos el imperativo de conocerse a uno mismo. Cómo dice Heráclito en el fragmento 116 «nos ha sido dado a los hombres el conocernos a nosotros mismos». 

La pregunta que surge como consecuencia es ¿Qué significa conocerse a uno mismo? ¿Es posible tal conocimiento? ¿Es posible erigirse en sujeto y objeto de conocimiento? ¿Qué hace que este imperativo sea clave para el desarrollo saludable de un individuo? 

Para poder encarar esta cuestión no podemos obviar a quienes han sido los portadores de estas tradiciones. La cita obligada de dichas palabras nos llevan indefectiblemente al Oráculo de Delfos. La máxima fue inscripta según se dice por los siete sabios entre quienes se cuentan Solón de Atenas y Tales de Mileto. 

Formaba parte de una de tres advertencias, la primera de las cuales rezaba «nada en demasía»; la segunda, se puede verter o traducir como «sé cuidadoso con lo que prometes»; y la última y de nuestro interés «conócete a ti mismo». 

Según Roscher hay que comprender estos preceptos desde el punto de vista de quienes iban a consultar el oráculo con lo cual no deberíamos entender esta inscripción de la forma que la comprendemos hoy, es decir, como un imperativo de autoconocimiento. Defradas poco más de cincuenta años después, propone una interpretación en la misma línea, agregando que estas eran «advertencias de prudencia» para los consultantes del oráculo. 

Si bien en algún momento acordé con ambos autores hoy por hoy me niego a ver las palabras del oráculo como meras advertencias, simples avisos para quienes ingresaban a consultar.

Estas interpretaciones observan el Oráculo como una pieza muerta de museo, piedra inerte que descansa en un valle de historia sin vida; no toma en cuenta que los templos, los dioses, los ritos y el mito son proyecciones simbólicas de nuestro inconsciente. Expresiones de aquello de lo que no se puede hablar por carecer de términos y palabras que lo expresan. Ahí donde la palabra falta aparece el mito. Es decir que no podemos interpretar la expresión «conócete a ti mismo» desvinculada del simbolismo del templo de Delfos.

Edipo Rey
Edipo Rey

La pregunta clave que nos debemos hacer es ¿Dónde ingresa uno cuando ingresa en el templo?  Para comprender la cuestión haríamos bien en comenzar partiendo de la idea de «símbolo». El termino símbolo es una palabra compuesta por dos vocablos griegos, una preposición y un verbo. La preposición syn (con) y el verbo «ballein» (lanzar, arrojar), es decir, que símbolo implicaría un arrojar conjunto. Alude a la idea de lo que Michele Foucoault llama en la Verdad y las Formas Jurídicas un juego de mitades. En la misma conferencia el filósofo pone como ejemplo el rol del Sabio y ciego Tiresías en la tragedia Edipo Rey, y muestra cómo este es la contraparte mortal del inmortal Apolo. Ese juego de mitades mortal – inmortal, ver – ceguera, saber – no saber, es un juego que se inscribe en una dialéctica de complementos que en su conjunto conforman un todo. 

De tal forma que así como Apolo tiene una contraparte mortal en la tierra, Tiresías, que es una sombra del dios de la luz; el Oráculo de Delfos también tiene una contraparte, es luz de una sombra, es decir, que en este juego de mitades es la mitad de un todo.

Pensemos en los personajes que se juegan en la tragedia de Sófocles en la escena en la cual Edipo desea inquirir sobre la peste de Tebas: desde el lado mortal encontramos a Tiresías y Edipo, del lado de lo inmortal e imperecedero observamos al Dios Apolo y el Templo del Oráculo hecho de piedra. En definitiva si Tiresías es la sombra de Apolo, Edipo es la luz que se proyecta en el sombrío Oráculo. 

En otras palabras el Oráculo de Delfos es solo una representación, un símbolo de quién consulta, del ser humano que desea saber. Ahora bien cuando el individuo está por entrar en el Oráculo y lee las palabras «conócete a ti mismo» puede darse cuenta que ese acto no es previo al ingreso, sino que se da en sí en el mismo ingreso al templo. En otras palabras ingresar al Oráculo es ingresar en nosotros mismos.

Heráclito
Heráclito

Esta dialéctica nos pone de cara a la estructura misma de la consulta oracular: quien consulta viene con una pregunta, y el oráculo brinda una respuesta que en sí misma opera simbólicamente; como dice Heráclito «el Señor que está en Delfos no dice ni oculta sino que da señales«. La respuestas oraculares son ambiguas, confusas, obligan al consultante a pensar, a abrir nuevos interrogantes. En otras palabras el Oráculo de Delfos da indicaciones, una dirección para la respuesta. Si volvemos a la dialéctica, a ese juego de mitades, el consultante plantea una pregunta clara y directa pero el oráculo da una respuesta oscura y confusa, para que en ese juego dialéctico sea el consultante el que le dé luz y claridad.

Uno es consultante y oráculo a la vez. La luz de la consciencia plantea interrogantes al oráculo confuso y oscuro del inconsciente, el inconsciente se revela muchas veces de manera ambigua, simbólica, es en esos símbolos donde reside el conocimiento de nosotros mismos.

En época posterior Sócrates ofició como consultante irónico del oráculo que cada individuo es. La figura del filósofo es clave para el imperativo mencionado. Jenofonte uno de los discípulos de Sócrates en Memorables relata una conversación entre el filósofo y Eutidemo donde aquel le pregunta a este : «¿reparaste en las palabras de ingreso al Templo de Delfos? ¿las leíste bien o distraídamente?». Esto pone de manifiesta la estrecha vinculación entre el acto de conocernos a nosotros mismos y el mismísimo acto de ingreso al oráculo, estrecha relación que se cierne entre filosofía y conocimiento de sí.

La filosofía se inscribe en el arte dialéctico de la pregunta y la respuesta. Donde el saber se construye en el juego de mitades. Donde el saber que no se sabe de quién consulta se acopla a un no saber que se sabe de quién responde. Donde el filósofo en esta dialéctica oficia de una mitad dentro del juego simbólico del todo para que el oráculo que reside en cada uno brinde una respuesta que habilite nuevas preguntas en un circulo virtuoso, donde el conocernos a nosotros mismos se vuelve un camino de dirección única y sin retorno.