«Al verlo, Pigmalión se llena de un gran gozo mezclado de temor, creyendo que se engañaba. Volvió a tocar la estatua otra vez, y se cercioró de que era un cuerpo flexible y que las venas daban sus pulsaciones al explorarlas con los dedos.»

Metamorfosis X, Ovidio

Afrodita como diosa de la belleza y el amor, siempre se mete entre los quehaceres humanos. Es una diosa como en más de una ocasión mencioné de tinte transformador, alquímico.

Ya vimos la forma en la que ayudó a Hipómeme para conquistar a Atalanta. Ahora la cuestión se pone más interesante ya que el mito no solo vive en términos psicológicos sino que nos habita en ecos de la literatura. La historia que hoy nos concierne nos atraviesa desde el alma hasta la piel, toca los ideales, los sueños, las creencias. Y no recuerda que no existiría el arte sin la búsqueda del amor.

Pigmalión es Rey de Chipre y durante muchos años buscó una mujer cuya belleza que como para que sea identica a su ideal. Sí escuchó bien señor/a la mina tenía que estar tan buena como la ideal. Confesémoslo todos soñamos con la chica y el chico perfecto, Pigmalión no era la excepción, pero creo que se zarpó.

¿Se acuerdan de Narciso? Ninguna ninfa le venía bien porque el se consideraba tan bello que ninguna belleza maridaba con la suya (un creído). Entonces decidió mirarse en un espejo de agua y se enamoró de su figura “angelical”. Bueno Pigmalión estaba un poco en la misma, tenía una idea de belleza y buscaba una señorita que emparejara con esa idea.

E aquí una breve aclaración a Pigmalión le repulsan las Propétides, mujeres de la isla de Chipre, que se dedican a la prostitución o brujería o ambas, realizan sacrificios humanos y se comen a sus anfitriones (en los múltiples sentidos del termino “comer”). La diosa Afrodita decide castigarlas porque la niegan como divinidad. Dicho castigo consistió por un lado, en quitarles todo vestigio de pudor y, por otro, incitar en ellas deseos que no se pueden satisfacer, se dice que son las primeras en practicar la profesión más antigua del mundo. El castigo no termina, la lengua mordaz de Ovidio anota que se les empezó a endurecer la sangre en su rostro (una forma de decirle a alguien “caradura”), la cuestión es que la diosa Afrodita las termina convirtiendo en estatuas. Este motivo no es novedoso, en la Biblia a la mujer de Lot, Dios la convierte en estatua de sal por desobedecer su orden de no mirar atrás cuando es destruida Sodoma y Gomorra. Una primera idea que se me viene a la mente es que las propétides son un arquetipo de independencia, la brujería así como la libre decisión sobre la propia sexualidad (lo que el patriarcado ha llamado prostitución, o ¿no se le solía decir “puta” a la mujer que se sentía libre de expresar su sexualidad de la forma que desea?) son sinónimos de la mujer que se desembaraza del yugo hegemónico del patriarcado, pero en una sociedad patriarcal se las condena.

Hoy día hay una reapropiación del arquetipo de la bruja por parte del feminismo, me acuerdo de una idea que la ensayista francesa Mona Chollette menciona en su ensayo Brujas, ¿Estigma o fuerza invencible de las mujeres?:

“Al adueñarse de la historia de mujeres acusadas de brujería, las feministas occidentales han perpetuado su subversión, a la vez que han reclamado para sí, como un desafío, el terrorífico poder que se les otorgaba”. 

El slogan del último 8 de Marzo “somos las nietas de las brujas que no pudiste quemar”. Pero esto no es nuevo en los años setenta las italianas marcharon al canto de “¡Tremate, tremate, le streghe son tornate!” (Tiemblen tiemblen las brujas han vuelto).

Así que parece que a Pigmalión el Rey no le gustan las mujeres independientes quizás, ya veremos. Con lo cual, después de una ardua búsqueda por diferentes reinos, al final dijo “sabés qué, me voy a esculpir una estatua perfecta, hermosa, divina, un «minón» de la puta madre tal y como yo me la imagino”.

Así que realizó una estatua y la llamó Galatea, la hizo tan hermosa y perfecta que quedó perdidamente enamorado de la estatua. El rey se sentía tan pero tan atraído por Galatea que soñó que la estatua cobraba vida. Según Ovidio que de amor entiende y bastante, dice que Pigmalión se acercaba para tocar el cuerpo de marfil, le da besos, le habla, la abraza, la piropea, le lleva regalos, la viste, le llena los dedos de anillos y de pulseras las muñecas, pone cintas en su pelo (decime que no le hace dos colitas porque dejo de escribir acá). Dice el poeta que  “La tiende sobre cobertores teñidos de púrpura de Sidón, la llama compañera de lecho y recuesta su cuello sobre blandos cojines de plumas, como si ella pudiera notarlo”. 

Ovidio no explica cómo es que tiene sexo con Galatea, y como el poeta no lo explica yo me aventuro a imaginar la fría y dura experiencia. No quiero darle muchas vueltas a la cuestión pero déjenme decir lo que nadie se atreve: Galatea es la precursora de las muñecas inflables (se tenía que decir y se dijo). Pero no solo de las inflables, hay una tendencia en Japón de enamorarse de muñecas hiperrealistas. Debido a la baja tasa de natalidad, al desinterés de jóvenes “pigamliones” en las mujeres de carne y hueso, y a la creciente demanda de mujeres que solo desean un hombre que las mantenga, según las diversas versiones periodísticas, cada vez hay más japoneses que buscan satisfacer su soledad con muñecas sexuales hiperrealistas (señora no se horrorice le juro que es así). Las llevan de campamento, al bingo, a cenar con la familia. Hay uno que se divorció de su mujer porque se enamoró de una muñeca inflable. En una de las temporadas de Dr. House un individuo lleva a su novia de plástico averiada para que la atiendan al hospital. Y ante la burla de sus doctores dice “el tipo que adora a su mujer imaginaria no se diferencia en nada de los millones que van a misa” (así que no juzguemos mantengamos la compostura)

En fin, lo que les quiero mostrar es que el mito sigue vivo, aun hoy hay personas que no gustan de mujeres reales y las encargan por Ebay, creo que Pigmalión se sentiría muy atraído por esa opción si hubiera tenido la posibilidad.

Cierto día que se celebraba una fiesta en honor a la diosa Afrodita Pigmalión pidió, suplicó, imploró que la diosa le diera vida a su amada de marfil. Cuando volvió de la celebración tocó a su amada Galatea y estaba tibia, la volvió a tocar, y así era efectivamente, estaba tibia. La besa y se sonroja. No solo estaba tibia estaba viva. Pigmalión y Galatea se casan y Afrodita asiste a la boda, con el tiempo tienen una hija a la que llaman Pafos, nombre que se le dio a la Isla mediterranea.

William Shakespiare en la obra cuento de invierno relata como la estatua de Hermione cobra vida, retomando así el motivo de la estatua que cobra vida.

Bernard Show el magistral pensador y escritor escribe una versión del mismo nombre de Pigmalión pero adaptada a finales del siglo diecinueve. Al principio fue una obra de teatro luego fue llevada a la pantalla grande con el título de “My Fair Lady” está inspirada en el mito de Pigmalión y Galatea. La historia se desarrolla así: El profesor de fonética Henry Higgins, quiere “esculpir” y hacer nacer una nueva mujer de la florista Eliza Doolittle modificando su acento y sus modales para que parezca de la alta sociedad.

Este último me parece un motivo altamente explotado por las novelas venezolanas y mexicanas. Una mujer de baja sociedad es mirada con deseo por un hombre de la alta sociedad, pero como las castas no se pueden juntar, ella debe aprender modales de alta sociedad para poder ser el marido del hombre culto y rico. Novelas como María la del Barrio, solo muestran ese patrón por el cual el hombre debe hacer a la mujer a su imagen, según su propia semejanza. Machismo en su estado puro.

En la cultura popular hay rastros inequívocos del mito de Pigmalión. Podemos pensar la película Manequin estrenada en 1987 donde un artista frustrado y sin trabajo se termina enamorando del maniqui que, ¡oh casualidad! él mismo había diseñado.

También podemos pensar en Pinocchio, el cuento infantil de Carlo Colodi. Donde Chepeto quiere tener un hijo entonces construye un muñeco de madera de pino (por eso «pinocchio»), un títere el cual una hada madrina da vida.


Sin embargo, también podemos observar varias interpretaciones de este mito. En principio pienso en el artista que se enamora de su obra. Al igual que Pigmalión pero quizas en un sentido inverso, pensemos en dos grandes artistas: el primero que me viene a la mente es Leonardo D’Avinci. Parece ser que Lisa Gherardini de donde viene el nombre de Mona Lisa (señora Lisa en Italiano antiguo), quien fue la modelo inspiración del pintor, era la esposa de Francesco del Giocondo, de ahí que se suela reconocer a la obra como La Gioconda. Según algunos dicen que era una amante de Leonardo de la cual se enamoró. Sin embargo, hay otra interpretación, según Freud los rasgos masculinos que tiene la obra reflejan cierta preocupación para él. Según dicen parece que dichos rasgos reflejan que el verdadero modelo no sería doña Lisa la «jermu» de “Pancho” sino el mismo Leonardo. Esto no me parece descabellado porque de alguna forma toda obra es una parte de uno proyectada en el lienzo vacío. El artista trasunta su ser en su obra. De alguna manera la proyección inconsciente es inevitable.

Otro caso de artistas enamorados de su obra es Goya según dicen la Maja Desnuda no es otra cosa que una joven bien parecida que enamoró al artista y que de alguna forma el intentó retratar. Un amor imposible convertido en lienzo.


Ya sea que D’Avinci se haya retratado a si mismo con ciertos rasgos andróginos como si Goya se enamoró de la Maja que sirve de modelo para su obra, lo cierto es que en ambos casos pintan sus propias proyecciónes, en el caso de Goya pinta el amor convertido en mujer, no por nada a los retratos de las majas tanto la “vestida” como la “desnuda” se las llamaban además “las venus de Goya”. Porque de alguna forma quien pinta una mujer desnuda pinta, retrata o esculpe un arquetipo de belleza y sensualidad, por ende retrata, esculpe, pinta a Afrodita.


Esto nos debe mover a pensar si al enemorarnos no estamos enamorándonos de nuestras propias proyecciones. ¿Será que Pigmalión, Goya y D’avinci logran retratar su “ánima” como diría Jung? El ánima es la imagen arquetípica femenina que los hombres tenemos y que de no elaborarla mediante un proceso de autoexploración y conocimiento seguimos adosando a las mujeres con las cuales nos relacionamos, y por ende, en realidad se termina uno enamorando de sí mismo. Lo que lleva a muchas frustraciones, porque al proyectar nuestras aspiraciones de mujer y pegarlas a la mujer real, llenamos de expectativas susceptibles de no cumplimiento a la mujer que decimos amar, cuando en realidad lo que amamos es un ideal de mujer al igual que Pigmalión. Lo que sucede es que dicho ideal de mujer está lejos de la mujer real a la que se la adosamos, y cuando dicha mujer real, deja de “encajar” a nuestro criterio en ese ideal sentimos que la esposa, novia, pareja, cambió. Y en buena hora. Nuestros ideales son inmodificables las personas no. Lo más hermoso que hay es enamorarse de una mujer real, de ese otro legítimo, individual e irrepetible, diferente a nosotros, que va creciendo y cambiando con el devenir de los años y que se va amalgamando a la vida y su fluir, de la cual nos podemos seguir enamorando de mil formas y maneras, de las múltiples facetas que nos va mostrando con los años. En vez de enamorarnos de la fría estatua ideal de nuestras proyecciones.

Sin embargo, quiero dar una última interpretación. Mostrar el rol que juega Afrodita en todo esto.. Galatea cobra vida, se transforma, pasa de ser una estatua inerte a una mujer hermosa y viva. Creo que el mito también nos habla del poder transformador del amor. Y podemos verlo desde dos lugares distintos en primer lugar el amor transforma la mirada que se tiene de una persona, la persona menos agraciada puede parecer hermosa cuando es amada de forma sincera. Eso es claro y no requiere mayor análisis. Sin embargo ,hay otra idea. Quizás el amor transforma, pero no al objeto amado, sino al enamorado. El enamorado es catalizado al cambio por el poder inconfundible del amor. Quizás somos la estatua sin vida que se vivifica al enamorarse, nos transformamos cuando amamos, porque el amor transforma. Nos transformamos en una persona mejor cuando el amor verdadero nos toca de alguna forma. Como bien dijo Platón un ejercito de amantes y amados es invencible, es más valeroso, más virtuoso. El amor tiene el poder de dar vida y transformarnos. Quizás, y solo quizás, todos somos Pigmalión, todos somos un pedazo de frio marfil que necesita ser transformado, pulido, esculpido. Como diría Plotino el filósofo y mÍstico 

“Si tú no ves todavía la belleza en ti, haz como el escultor de una estatua, que debe ser bella; toma una parte, la esculpe, la pule, y va tanteando hasta que saca líneas bellas del mármol. Como aquél, quita lo superfluo, endereza lo que es oblicuo, limpia lo que está oscuro para hacerlo brillante, y no ceses de esculpir tu propia estatua, hasta que el resplandor divino de la virtud se manifieste y la veas sentada sobre un trono sagrado.”