Hay cierta cultura de la opinión y lo cierto es que todos tenemos derecho a opinar, a tener nuestra propia mirada de la realidad. Ahora bien, no hay que confundir la validez del derecho a la opinión con el que toda opinión sea válida. No toda opinión es válida. No se trata de convertir la filosofía en un espacio donde cualquiera opina lo que desea sin el más mínimo indicio de rigor, amparados en el que todas las opiniones deben ser respetadas. Pero ¿de qué depende la validez de la opinión? De los argumentos.

Sí, lo crucial es cuando se exige que se fundamenten las respuestas, esto es lo que hace que las opiniones no mueran como meras ocurrencias de algún despistado y pasen a ser opiniones fundamentadas.

O sea, es valido tu derecho a opinar y tu opinión es respetable, pero el otro tiene derecho a pedir argumentos y someter a escrutinio aquellos con los que se intenta sostener la opinión.

Es decir, que para que la opinión no sea una mera ocurrencia es decisivo fundamentar las respuestas en argumentos. Todos se sienten bien opinando, pero no todos se sienten cómodos al expresar argumentos y mucho menos a someterlos a escrutinio. En el diálogo platónico El Menón, a Sócrates lo apodan «pez torpedo» porque confunde a su «presa» al observar las contradicciones argumentales de sus opiniones no revisadas.

Pero ¿Por qué no nos gusta argumentar con la misma liviandad con la que opinamos?

Porque puede que temamos que al revisar los argumentos y ver que carecen de solidez se desbarate nuestra mirada sobre lo que debamos por cierto, desmoronándose nuestra concepción del mundo, pudiendo hacer que nuestro marco ideológico caiga y se derrumben nuestras creencias. Por esta razón la filosofía es peligrosa, subversiva e impertinente.

Ahora bien, ¿cuántas de tus opiniones y creencias sometiste a escrutinio? ¿Cuántas opiniones que das por ciertas puede que sostengan una forma de vivir y ver el mundo sin fundamento? Por esta razón Sócrates dirá «una vida no indagada no merece ser vivida».