Por Karla Portela Ramirez

“–Mi defensa se apoya en los derechos del deseo –dice–. En el dios que hace temblar incluso a las aves más diminutas.” Son palabras textuales de nuestro personaje principal, David Lurie. ¿De qué se le acusa, por qué se defiende? ¿Es culpable, se reconoce culpable? Ante los ojos de la sociedad, Lurie transgredió un mandato, incumplió un deber y tendría que sentir vergüenza, culpa; ante sus ojos, él sólo sirvió a Eros y únicamente lamenta la brevedad de tan generosa historia. ¿Qué hizo Lurie? Un viernes por la noche de regreso a casa abordó a Melanie Isaacs, una alumna suya que en aquel momento recorría el mismo sendero que él, le invitó a tomar algo en su casa y ella aceptó… ¿Qué hizo Lurie? Al domingo siguiente buscó a Melanie, le llevó de nuevo a su casa y mientras llovía, en el suelo de la sala de estar hizo el amor con ella. El hecho es uno y sólo uno, Lurie y Melanie han copulado una y dos veces más; las percepciones, interpretaciones del mismo pueden ser varias, al menos dos: la percepción, interpretación de los involucrados, personal; y, la percepción, interpretación de quienes rodean, se asocian con los involucrados, social. En este caso, la percepción personal, de Laurie no coincide con la percepción social, la de sus colegas y autoridades en la institución en que trabaja, que es la misma percepción en los padres de la alumna y en la propia Melanie. ¿Quién tiene la razón, alguien tiene la razón? 

En forma reflexiva, para dilucidar la mejor respuesta o al menos una aceptable a interrogantes como la anterior, es necesario conocer en la medida de lo posible a los involucrados –los personajes–, así como considerar el lugar que estos ocupan en los hechos –el juego de roles –. Sobre los personajes, David Lurie igual que todo ser humano, puede ser descrito y autodescrito; así, en el primer caso, podemos decir que fue profesor de Lenguas Modernas en el Colegio Universitario de Ciudad del Cabo hasta que se fusionaron los Departamentos de Lenguas Clásicas y Modernas debido a una reforma, ahora es profesor adjunto de Comunicaciones en la Universidad Técnica de Ciudad del Cabo, es decir que han cambiado el nombre de su plaza académica y el de la institución en que labora, aunque en cierto sentido él continúa siendo el mismo, un profesor con veinticinco años de vida académica y tres libros publicados que no obstante nunca ha sido ni se ha sentido muy profesor. Por ejemplo, Laurie se opone a la premisa elemental enunciada en el manual de Comunicaciones 101, Fundamentos de comunicación, una de las materias que imparte, desde su punto de vista el origen del lenguaje no es la finalidad de que podamos comunicar a otros nuestros pensamientos, sentimientos e intenciones, su opinión es que el origen del habla radica en la canción y el origen de ésta, en la necesidad de llenar mediante el sonido la inmensidad y vacío del alma humana. 

Además le parece que con los cambios realizados la institución del saber en que trabaja “está más fuera de lugar que nunca” y que sus colegas, lastrados por una educación inapropiada para desempeñar las tareas que actualmente se les exigen, “son clérigos en un época posterior a la religión”. A todo esto, si continúa dando clases es por dos razones, así se gana la vida y dicha actividad le enseña la virtud de la humildad, le hace comprender cuál es su lugar en el mundo. Abreviando, la percepción que tenemos de nuestro protagonista es la de un profesor que no respeta las materias que imparte, consecuentemente no causa impresión en sus alumnos, hay indiferencia en ellos y eso le indigna, pero cumple con sus obligaciones. A la vez, hastiado de la crítica y la prosa, está considerando escribir algo musical: Byron en Italia, una meditación en forma de ópera de cámara sobre el amor entre los dos sexos. 

Precisamente en su autodescripción, el amor entre los dos sexos juega un papel central; Lurie es un hombre divorciado de 52 años que en su perspectiva ha resuelto muy bien el problema del sexo. Pasó su niñez en una familia compuesta de mujeres, posteriormente la madre, tías y hermanas fueron sustituidas por amantes, esposas e hija. Nuestro protagonista es un amante de las mujeres, y hasta cierto punto, un mujeriego, un hombre con alto grado de magnetismo que cada vez que mira a una mujer con cierta intencionalidad, de una determinada forma, ella siempre le devuelve la mirada, esta dinámica fue la columna vertebral de su vida hasta que sus poderes le abandonaron, un buen día todo terminó y se convirtió en una presencia fantasmal, a partir de entonces si le apetecía una mujer, tuvo que aprender a quebrarla, muchas veces a comprarla, de uno u otro modo. Como sea, en todos los casos, Lurie se siente “enriquecido” por todas y cada una de las mujeres que ha conocido y cuyas vidas se han enredado con la suya, su corazón desborda gratitud y su emoción preponderante consiste en un bajo continuo de satisfacción, una dicha moderada, temperada que se acompaña de la pregunta, ¿cuándo renunciar al juego? Es una pregunta difícil porque retirarse, envejecer no reviste elegancia alguna, quizá sea cuestión de castrarse, despejar la cubierta y concentrarse en lo que han de hacer los viejos, prepararse para morir. 

Por ahora, David Lurie no se ha retirado y en su comparecencia ante un comité disciplinario para responder a la acusación de acoso sexual muestra una actitud cínica desde la cual distingue dos aristas para gestionar la situación, una laica y otra con sentido religioso, que plantean varios pares de equivalentes: comparecer/confesar; recomendación/veredicto-pena; reconocer/culpar; aprendizaje/arrepentimiento; firmar una declaración/asumir una sentencia, entre otros. De manera que, cínico y hasta burlón, según la perspectiva de los miembros del comité, en la negativa por firmar una declaración en que reconozca públicamente su falta y se comprometa a dar los pasos precisos para remediarla, asume consciente y libremente el despido. Ya no es profesor activo y ha tomado la resolución de marcharse, se mudará de la ciudad al campo, ahora vivirá con su hija Lucy en una granja que ella posee en Ciudad de Salem, provincia del Cabo Oriental. Allí todo cambiará, el juego de roles se alterará y las percepciones, interpretaciones personal y social de los hechos igualmente variarán. 

En este magnífico relato de Coetzee resalta un momento de aguda tensión, angustia intensa y profundo dolor causados por un acto de violencia física contra David y Lucy irreversible y determinante en sus vidas que se traduce en la historia como inversión de roles. En la ciudad, David es victimario, Melanie es su víctima; mientras él, como agresor, en cierto sentido huye y se oculta, ella, en su calidad de agredida, inmediatamente habla, encara, denuncia y expone, con lo cual la vida privada –en este caso la satisfacción del deseo sexual– se convierte en asunto público, cada acto propio debe ser justificado ante los otros y denunciar la violencia es un deber. En el campo, en otro contexto, aunque con relación a un mismo hecho –la satisfacción del deseo sexual–, David y Lucy son víctimas de un grupo de hombres, particularmente de un joven casi niño llamado Pollux; en esta época y en este lugar, afirma tajantemente Lucy, es un asunto privado por lo que la víctima calla, el agresor no se oculta, incluso se exhibe y denunciar significaría reconocer la hazaña del victimario. ¿Qué decidirá Lucy, denunciar o no? En caso de optar por el silencio y contrariando la insistencia de David, ¿cuáles serían las consecuencias de no hablar? 

Sustancialmente, en ambos contextos, ciudad y campo, el hecho es el mismo, se trata de un deseo sexual y su satisfacción vivenciada por una de las partes involucradas como agresión, violencia, frente a lo cual se abre la posibilidad de denunciar. En el primer contexto, la ciudad, el hecho es un asunto público y la denuncia es un deber, en el segundo de ellos, el campo, se trata de un asunto privado y no hay delito que exponer. Así, en el intento inicial por descubrir quién tiene la razón cuando la interpretación personal y la interpretación social no coinciden, se agrega a la necesidad de conocer los personajes y su juego de roles, la importancia de considerar las circunstancias, el contexto. 

Las personas tienen y enfrentan problemas, pretenden tomar decisiones frente a ellos, resolverlos y para ello recurren a argumentos. La argumentación puede desarrollarse a partir de dos puntos de vista: afirmando la existencia de verdades abstractas, conceptos reducidos y formales que diluyen la perplejidad y las paradojas, donde sólo se trata de razonar e inferir y las soluciones se reducen en términos de corrección/incorrección, validez/invalidez, o desde el punto de vista contrario en que las verdades no son abstractas, sino concretas en el sentido de que se construyen mediante el diálogo, con atención al contexto y conscientes de que surgirán por lo tanto diferentes criterios, asumiendo que no se encontrarán soluciones correctas ni válidas, sino verosímiles, plausibles o probables. 

En todo caso y al respecto quizá la única constante es el frecuente enfrentamiento entre deseo y deber, la usual vergüenza pública que acaece cuando la percepción, interpretación personal no coincide con la social, cuando la sociedad exige una respuesta, una justificación de cierto acto y a la mente de su autor sólo acuden palabras como las David Lurie ante la comisión que le examina: “Fui un sirviente de Eros: eso es lo que desea decir, pero ¿será capaz de semejante desfachatez? Fue un dios el que actuó a través de mí. ¡Qué vanidad! Y sin embargo, no es mentira, no lo es del todo.” 


* El título de la obra en su idioma original es Disgrace, su traducción como Desgracia es equívoca puesto que dicha palabra castellana refiere un suceso o situación que produce pena o dolor, infelicidad, en tanto que el término anglosajón disgrace refiere la pérdida del respeto y la aprobación de otras personas por la mala forma en que alguien se ha comportado. De manera que la traducción exacta de este título sería deshonra, ignominia, oprobio o vergüenza pública, más aún cuando la trama se teje en la confrontación entre un acto personal, individual y la percepción, interpretación social sobre el mismo.