“¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta lo sé, pero si trato de explicárselo a quien me lo pregunta no lo sé.” (Confesiones, XI, c.14, 17)

Se está terminando el 2020, para todos fue un tiempo atípico para otros, crítico. Esto me llevó a pensar el año en tanto tiempo. 

El tiempo es una de las nociones que más ha hecho reflexionar a los filósofos. ¿Qué es el tiempo? En la antigua Grecia Crónos, hijo menor de Urano y Gea derrocará a su padre cercenando sus genitales, esta acción ya de por sí nos indica algo como muchas otras que veremos, porque el corte que realiza Cronos con la hoz nos es más que el “límite” que impone el tiempo, el tiempo es castrante. Una castración implica siempre la imposibilidad futura de reproducción, en este sentido el tiempo impone un límite a lo posible, un “hasta aquí” y un “ya no más”. Por otro lado Cronos casado con su hermana Rea se comerá a sus hijos recordándonos que el tiempo lo consume todo. El tiempo, Cronos, es un dios tirano que nos limita y nos devora. 

Platón por otro lado, pensó el tiempo y aventuró una definición entre lo filosófico y lo poético como es su estilo en el Timeo: “imagen móvil de la eternidad”. La eternidad para el filósofo era constitutiva del mundo de las Formas, y éstas no están en el tiempo sino fuera del mismo. Movimiento por otro lado que Platón identifica con el movimiento cíclico de los cielos, que gira sobre sí mismo. Pero Aristóteles lo objetará sobre esta concepción. Es importante recordar que para Platón y Aristóteles el universo era circular y la Tierra estaba en el centro con lo cual ella era eje del giro de los cielos. La objeción del estagirita hacia Platón radica en que “si hubiese muchos mundos, el movimiento de cualquiera de ellos sería igualmente el tiempo y habría entonces múltiples tiempos que serían simultáneos.” (Física, 218b 1-8)

Por eso Aristóteles concluye, como no comparte la definición de Platón en el Timeo, que el tiempo no es el movimiento. E intenta aventurar una definición contando el mito de unas personas que vivían en Cerdeña que se despertaron de un largo sueño junto con los héroes y unieron el “ahora anterior” con el “posterior” y los unieron en un “único ahora”. Omitiendo el tiempo intermedio en el que habían estado insensibles y dormidos. De esta forma alude a la experiencia de que, quien duerme, es insensible al transcurso del tiempo y al despertar tiene la impresión de estar en el tiempo en el que se había dormido. Mostrando así que el tiempo transcurrido durante las horas de sueño al no ser percibidas por el durmiente es como si no hubieran existido. Esto lo llevará a postular el carácter relacional del tiempo, el tiempo ya no será algo absoluto sino que estará en relación al movimiento, pero hay que aclarar que el tiempo no es movimiento y a la vez sin la relación con el movimiento no existiría. Cuando Aristóteles habla de movimiento no piensa necesariamente en movimiento físico sino en algún tipo de cambio, con lo cual puede hablarse de los movimientos del alma, cambios en ella producidos por los pensamientos, etc. Lo cual le lleva a formular la pregunta: ¿Existirá o no el tiempo si no existiera el alma? Aquí alma se entiende como facultad intelectiva, como la capacidad para contabilizar el tiempo. Por ende concluye que si no existe alguien que numere no existe nada para numerar, consecuentemente el tiempo, lo contabilizado, tampoco existe. Es decir que el tiempo ahora no solo es relativo al mundo sino que también relativo al alma. Y aunque el estagirita no lo dice directamente podemos entender que el tiempo es la solidaridad entre el alma y el movimiento.

Es en esta relación que Aristóteles dirá que el ser de cada cosa se da en el tiempo y por lo tanto el capítulo once de la Física se centrará en el ser-en-el-tiempo. Esto es de suma importancia, porque ser-en-el-tiempo significa que el “ser es afectado por el tiempo” y por esta razón “es causa de destrucción, porque el tiempo hace salir de sí a lo que existe”. Este es el carácter extático del tiempo, lo que implica es que la acción del tiempo hace salir de sí su ser y por ende todo lo que es se deteriora y destruye por acción del tiempo;  enunciando así, aunque de forma rudimentaria el segundo principio de la termodinámica, la entropía. 

Y qué hay de Agustín de Hipona, es célebre su reflexión en las Confesiones cuando dice: “¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta lo sé, pero si trato de explicárselo a quien me lo pregunta no lo sé.” (Confesiones, XI, c.14, 17) Reconociendo que estamos tan en el tiempo que nos resulta imposible comprenderlo porque todo intento de de-finir algo implica el acto de ponerle límites. Pero, ¿cómo definir algo ilimitado y eterno como el tiempo?

Pero hay más, para San Agustín el tiempo pasado y el futuro no existen: “el pretérito ha dejado de existir y el futuro no existe aún.” (XI, c.14, 17) Con lo cual entonces lo único que existe es el presente: “[…] sólo se puede concebir un período de tiempo no susceptible de división en partes diminutísimas: éste es el presente. Sin embargo vuela con tal rapidez del futuro al pasado, que apenas si tiene duración. Si tuviera alguna duración, se dividiría en pasado y futuro. Pero el presente no tiene extensión alguna.” (XI, c. 15, 20) El presente tiene el carácter de lo efímero, lo inasible, lo inexorablemente escurridizo. Ahora bien, si el pasado ya no es y el futuro aún tampoco, entonces ¿qué se mide cuando se mide el tiempo? San Agustín nos ofrece una respuesta: “La impresión que las cosas al pasar producen en mi espíritu y que perdura una vez que han pasado es todo cuanto yo mido presente, no las cosas que han pasado y que produjeron esa impresión. Cuando yo mido el tiempo, es esta impresión la que mido.” (XI, c. 27, 36) 

Lo que medimos cuando medimos el tiempo, son las impresiones que este paso deja a la saga, la forma particular como nos impactan los hechos. No medimos hechos en el tiempo, sino impresiones en el tiempo. En este sentido lo afirmado por San Agustín es consonante con el mito contado por Aristóteles, para quienes duermen al no percibirse el transcurso del tiempo, y no haber dejado impresión, se despiertan al parecer en el mismo momento en que se han dormido. 

Hay varias cuestiones que me gustaría dejar como reflexión antes de aventurar a una conclusión. En principio tanto Aristóteles como San Agustín coinciden en que el tiempo está en relación al ser humano que lo contabiliza, para el estagirita será el alma, para Agustín de Hipona será el espíritu. Pero debido a la imposibilidad de contabilizar el pasado y el futuro por su inexistencia, y tomando en consideración que lo único que podemos contabilizar de acuerdo a las impresiones que este nos deja es el tiempo presente, único que existe, lo importante no es contar el tiempo sino hacer que el tiempo cuente. Lo efímero del tiempo, su carácter escurridizo, es una invitación para pensar nuestra propia existencia en tanto punto que va pasando como diría Aristóteles marcando una línea imaginaria siempre hacia adelante, dejando atrás con en el pasado el presente con tanta rapidez que ya solo intentar contabilizar el presente implica dejarlo ir. 

Como vemos, las concepciones vistas hasta ahora muestran un tiempo que avanza a gran velocidad en sentido único y recto. Empero, esta concepción del tiempo no es la única, también podemos observar una concepción del tiempo circular. De hecho todo en la naturaleza es cíclico, todos los años hay verano, un verano que se deja perseguir por el otoño y un otoño que prepara la llegada para el invierno, y una primavera anhelada que despunta de su desolado y frío predecesor. Así, todos los días el sol nace, alcanza su cenit y luego llega el ocaso. Momentos naturales que emulan los momentos humanos, con la primavera de la vida, el gran florecer de la existencia, el verano cuando todo está en su máximo esplendor, un otoño donde las primeras hojas de pelo se caen y el invierno que nos prepara para el morir. Como el sol, nacemos, alcanzamos nuestro punto de mayor esplendor para luego entrar en el ocaso. Para muchas culturas el tiempo es un ciclo, o como diría Nietzsche “un eterno retorno de lo mismo”. 

En un texto publicado en 1882, La gaya ciencia, el filósofo alemán en el parágrafo 334 escribirá esta exquisita alegoría sobre su doctrina del eterno retorno: 

¿Cómo te sentirías si un día o una noche un demonio se deslizara furtivamente en la más solitaria de tus soledades y te dijera: “Esta vida, tal como la estás viviendo ahora y tal como la has vivido [hasta este momento], deberás vivirla otra vez y aún innumerables veces. Y no habrá en ella nunca nada nuevo, sino que cada dolor y cada placer, cada pensamiento y cada suspiro y todo lo indeciblemente pequeño y grande de tu vida deberá volver a ti, y todo en el mismo orden y la misma secuencia – e incluso también esta araña y esta luz de la luna entre los árboles, e incluso también este instante y yo mismo. ¡El eterno reloj de arena de la existencia se invertirá siempre de nuevo y tú con él, pequeña partícula de polvo!? ¿Acaso te lanzarías al suelo rechinando los dientes y maldecirías al demonio que te hablara de esa forma? ¿O has vivido alguna vez un instante extraordinario, en el que hubieras podido responderle: “¡Eres un dios y nunca he oído algo más divino!”? Cuando un pensamiento así se apoderase de ti, te metamorfosearía, tal como eres, o tal vez te trituraría; ¡la pregunta sobre cualquier cosa “¿quieres esto otra vez y aún innumerables veces?” se impondría sobre tu actuar como el peso más pesado! O [podríamos preguntarnos], ¿qué tan bien dispuesto debes estar hacia ti mismo y hacia la vida para no desear ninguna otra cosa que no sea esta última, eterna confirmación, este sello?

Aquí el filósofo nos aclara que su doctrina sobre el eterno retorno no tiene carácter epistemológico sino más bien es un imperativo ético. ¿Cómo reaccionaríamos si fuésemos condenados a vivir esta vida una y otra vez tal y como es? Hay dos opciones dice el filósofo, o bien mirar nuestra vida y maldecir al demonio que nos trae el mensaje o bien bendecirlo porque hemos vivido una vida tan extraordinaria que vale la pena volverla a vivir. 

Si un pensamiento así compareciera sobre nosotros es lo mejor que podría sucedernos porque haríamos lo imposible por cambiar la forma en que el tiempo deja sus impresiones en nosotros. Haríamos de cada instante algo digno de ser vivido para asegurarnos una y otra vez que se repita en nosotros una vida que deseemos vivir una y otra vez en sucesivas repeticiones. Un pensamiento nos metamorfosearía, nos transformaría. 

Visto así, en esta reflexión el tiempo pasó de ser un Dios castrante que todo lo devora a un simple demonio que nos anuncia que podemos modificar nuestra vida y existencia transformando la manera en que los hechos nos impactan, haciendo de esta existencia efímera algo digno de ser vivido.