«Me queda tu sonrisa dormida en mi recuerdo,y el corazón me dice que no te olvidaré;pero, al quedarme solo, sabiendo que te pierdo,tal vez empiezo a amarte como jamás te amé».
Te digo adiós, José Angel Buesa

La mitología esta plagada de amores pasionale, persecuciones amorosas y amores truncos y fallidos. Ni los dioses se salvan o mejor dicho los dioses no tienen a quien recurrir para ser salvados. Y mucho menos si de quien hay que ser salvados es de una pasión ciega y un amor no correspondido.

Como ya mencioné alguna vez el Dios Apolo es el regente de la música, de hecho el tiene una lira un instrumento de cuerda parecido a una pequeña arpa, y por otro lado, un instrumento de guerra el arco. De hecho es un dios que hiere de lejos, no le gusta ensuciarse las manos, y como es además el dios que rige la salud, cuando lanza su flecha lo que arroja son pestes y enfermedades. Las flechas de las pestes se arrojan férreas sobre individuos y pueblos. Recordemos que cuando Tebas era azotada por una peste en la época de Edipo, este recurrió al Oráculo de Delfos que pertenecía al templo de Apolo para que le de pistas de por qué le había enviado la enfermedad el dios. Y como para ir relacionando el templo de Epidauro que pertenecía al Asclepio (Esculapio) era una especie de representación del dios Apolo en la tierra. A diferencia de Ares que es el dios de la guerra sangrienta y desmedida, Apolo usa su arco y su flecha para herir cuando algo o alguien no le cae muy bien. Ahora bien, el problema es que además de su hermana, Artemis, gemela y mayor que él, son los tres únicos dioses con arco, solo que Eros usa flechas para herir, pero con otros propósitos (no lo quiero decir así pero entre nosotros hiere con otro tipo de peste o enfermedad). Pero de esto ultimo voy a hablar después, no se impacienten. Todo llega y a cada chancho le llega su San Martín, y la excepción no es Apolo justamente.

En cierta ocasión se encuentran Apolo y Eros. Cada uno con sus flechas. Entonces Apolo no tiene mejor idea que la de «bardear» a Eros diciéndole con cierto aire aporteñado «che pichón, pibe! Qué tenés que andar usando el arco y la flecha que es un arma más apropiada para mí que para vos, yo lo uso para cosas serias de adultos y vos para entretenerte». Eros tiene cierto halo andrógino, afeminado, carilindo, aniñados, rasgos muy estilizados, que contrastan con los rasgos adustos y férreos de otros dioses como por ejemplo, el del dios de la Forja, Hefesto.

A lo cual ya se imaginan la cara de Eros, ese diosito culón con sus alitas y su carita angelical a lo Leo de Caprio en Titanic. Ni corto ni perezoso tomó su arco y todo lo que tenía de angelical se transformó en demoníaco, de hecho Sócrates en el Banquete dice que Eros es un «daimon» una especie de genio semi malicioso. Yo la verdad que a Eros trataría de no joderlo demasiado después de esto. Como dije, tomó su arco y dos flechas a falta de una. He aquí la cuestión, parece que el dios del amor tiene dos tipos de flechas, unas son de oro y otras son de plomo. Pero ya vamos a llegar al tema. Hagamos como la gallina y vayamos al grano.

Por otro lado, cerca de la zona pasaba la ninfa Dafne. Según algunas tradiciones el papá de Dafne el dios rio Peneo, de hecho Ovido la llama por su patronímico «peneida» (les aseguro que no es una alusión a lo que le escapa) le insistía para que se casase y tenga hijos. Recordemos que en esa época el tema de la descendencia era una cuestión importante. Y más si la descendencia se tenía con un dios, y con Apolo ni hablar. Pero sin ánimo de herir susceptibilidades Dafne le escapa al casorio como camionero al enema. Si algo de lo que carecía Dafne era de ser femenina, era más bien, más allá de su belleza, una diosa que evoca el prototipo de lo «masculino». Este tipo de personalidades Freud dirá que tienen «envidia del pene». Difiero con Segismundo a este respecto. Ella es una fiel seguidora de Artemis la diosa gemela de Apolo, Dafne es una especie de Katness Everdeen, la protagonista de los Juegos del Hambre, pero antigua. Le encantaba al igual que a la diosa salir de caza con su arco y se la pasaba el día entero en el bosque. Noten la cantidad de alusiones a actividades que se atribuían en esa época más a hombres que mujeres.

Así que mientras Katness (Dafne) anda de caza por ahí, hay un entredicho entre Eros y Apolo sobre el uso más adecuado del arco.

Volvamos a esta última parte. Eros toma su flecha de oro y lo ensarta a Apolo en el pecho; esta flecha, hace que se le llenen los ojitos de corazones o dicho más poéticamente se inflame ardorosamente de amor por Dafne. Pero, la otra flecha, la de plomo, se la lanza a Dafne (entre nos Eros es un HDP). La flecha de plomo provocaba rechazo, aversión, desprecio por el enamorado. La flecha de plomo hace que a los ojos de quien es flechado el enamorado sea un plomo, un pesado y se intente huir de él a toda costa.

Acá comienza la persecución. Apolo empieza a perseguir a Dafne, la intenta cazar, hacerla suya. Dafne pasó de ser cazadora a ser presa en un instante. Apolo se enamoró perdidamente de la ninfa mientras que la ninfa lo rechazaba y despreciaba a tal punto que no quería saber nada con él y le daba la espalda.

Tanto desprecio y rechazo tenía Dafne que rogó, imploró, suplicó a su padre el río Peneo que la ayudase. Su padre, renunciando a sus deseos de descendencia la transformó en el árbol del laurel, en otras versiones la transformación ocurre debido a que la diosa Artemis al ver que Dafne estaba agotada de huir, realiza el milagro.

Mientras iba escapando su piel comenzó a convertirse en corteza y su pies en raíces, sus manos en ramas y hojas. Para cuando llega Apolo a alcanzarla la ninfa está completamente convertida en un frondoso árbol de laurel. Llorando el dios se abraza al árbol y exclama dolorido y desilusionado «Puesto que no puedes ser mi mujer, serás mi árbol predilecto y tus hojas, siempre verdes, coronarán las cabezas de las gentes en señal de victoria».

De ahí en adelante el árbol del laurel será el árbol preferido y amado por Apolo quien utilizará las hojas para hacerse una corona. Corona que el dios impondrá a los que compitan en certámenes de poesía y música. De esta idea surge que quienes se gradúan se les llama «laureados». El nombre Laura deriva del árbol del Laurel y por ende es la traducción del nombre Dafne.En la tradición judía la hija de Jacob Dina es tomada por el príncipe Siquém y violada. En este caso ningún rio vino en su ayuda. Esta historia de amor no correspondido terminó en tragedia para Dina, el príncipe, su familia y su pueblo porque fue vengado por los hijos varones de Jacob, Simeón y Leví.

Que Apolo sea el dios de la literatura y la poesía, y que por otro lado, la literatura de todos los tiempos, la poesía, el teatro y el cine, esté plagado de amores no correspondidos y desamores no es casual. Obedece a ciertos arquetipos del inconsciente colectivo.

Es interesante que el poeta Petrarca escribe más de trescientos cincuenta versos en honor a una tal doña Laura de Noves. El poeta quien se identifica con el dios de la poesía Apolo ve en doña Laura su amada a Dafne la ninfa. Petrarca se enamoró perdidamente de una mujer que no le correspondía, hasta se mudó cerca de su casa para estar cerca de ella. Al igual que Dafne, Laura de noves murió victima de una enfermedad.

Don Quijote de la Mancha enamorado de Dulcinea es otro ejemplo. Es interesante que Cervantes dice que la locura de Don Quijote se debe a que leyó mucho rato, largo y tendido novelas caballerescas. En otras palabras la apolínea costumbre de leer puede llevarnos a la locura y más aun a la locura por amor. Amor del cual Dulcinea jamás se enteró. Acá viene el chusmerío: cuentan las malas lenguas que Cervantes se inspiro en una tal Aldonza Lorenzo joven de la cual se enamoró el escritor pero que no era correspondido para construir el personaje de Dulcinea de Toboso.

Qué decir de Dante Alighieri y Beatriz. Dante infatuado de esta joven, nunca logra revelarle su amor, la cual se termina casando con un banquero. Al tiempo Beatriz muere y Dante se entrega a un desenfreno sexual hasta que se casa. Parece que entregarse a la joda por olvido no es nuevo. 

Más de uno se sintió como Apolo persiguiendo a una señorita que no le daba ni la hora. Debo confesar que yo tuve un amor de plomo cuando era un adolescente: Verónica (cómo me gustaba esa ninfa por dios). Y aunque hacía de todo para llamar su atención, nada conseguía, buscaba sentarme cerca, caminar a su lado. Escribí poemas, códigos, canciones para referirme a ella. Recuerdo que su papá tenía un programa de radio no se que días, y yo, sí …. debo confesarlo, llamaba por teléfono y le dedicaba canciones a su hija. Un romántico. No he cambiado mucho, sigo siendo medio apolíneo en ese sentido, aunque siempre estoy alerta de no toparme con mujeres heridas de flechas de plomo.

También he sido herido de la flecha de plomo y he sentido ninguna atracción por alguna señorita que al igual que Apolo con Dafne quería cazarme o casarme. Recuerdo a Elisa, me llamaba por teléfono y me daba charla durante horas, me perseguía por el barrio, y se aparecía de improviso por los mismos lugares que yo. Pero a mi no me gustaba y se lo hacía notar. Verónica se vengó de Elisa sin saberlo, me arrancó sin piedad la flecha del pecho y dejó «el corazón con agujeritos».

Platón describe en una conversación con Fedro, uno de los diálogos que junto con el Banquete hablan sobre el amor, acerca de los cuatro tipos de locura. En uno de las porciones memorables de estas charlas broncíneas Sócrates discute con Fedro sobre si aquellos que aman son superiores a aquellos que no aman. Fedro apoyándose en un discurso de Lisias, un sofista (o debería decir un chamuyero), pone el énfasis en los que no aman ya que practican la mesura libre de arrebatadas pasiones. Sócrates se pronuncia contrariamente a Lisias y se percata de que ha blasfemado contra Eros. «Urgido por la angustia incontenible que produce un desarreglo intestinal» diría Hugo Varela, Sócrates queda poseído poéticamente y pronuncia un discurso que busca remendar el anterior. Como Lisias decía en su discurso que quienes no aman están cuerdos, el filósofo se apoya para afirmar junto con el sofista que los que aman sufren de una cierta forma de locura, una cierta demencia, dicha locura o demencia es enviada por Eros. Las otras tres locuras son: la profética enviada por Apolo, la telesíaca propia del desenfreno y la borrachera enviada por Dionisos y la poética enviada por las musas. No por nada ante la locura del amor o del desamor muchos se inclinan apolíneamente por la religión y el celibato como un sacerdote del dios, o a la borrachera en una locura dionisíaca o bien a la poesía inspirados por las musas. Quien es herido por la enfermedad del amor no correspondido se entregan a la fe, el alcohol o la poesía como formas de transcender la herida de la flecha en el pecho.

Quizás inspirándose en la locura profética de Apolo o poseído por alguna de las nueve musas evocadoras de todos los versos, el trágico Sófocles pudo decir:

«joven, cásate si encuentras una buena mujer, y eso es bueno. Y si no consigues una buena mujer, entonces serás filósofo y eso también es bueno».