Psicagogía

El arte de guiar almas

La palabra siempre tuvo algo de mágico y desconocido. En los albores de la humanidad tuvo un rol primordial como palabra sacralizada, con el tiempo, pierde esta sacralidad y como el fuego de Prometeo es entregada a los seres humanos. Este libro explora las posibilidades terapéuticas de la palabra desde sus comienzo.

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acerca del libro

El interés del ser humano por su propio desarrollo no es nuevo. Hace veinticinco siglos, en la Grecia clásica, nace esta inquietud de la mano de inteligencias excelsas y reflexiones hasta entonces inusitadas. 

Víctimas de un período de transición, el ser humano se ve en un vacío de sentido que lo deja sin potencia, desposeído de sus capacidades y sin dirección. Allí la filosofía hace su aparición escénica, primero escrutando el universo y luego volviendo la mirada hacia el ser humano mismo, dando comienzo a un giro antropológico donde es él el protagonista.

Sócrates y Platón son representantes destacados de esta corriente, permiten que sus coetáneos dirijan la mirada hacia sí mismos para interrogarse y cuestionarse. Este giro anuncia el surgir de una fuente común, en la que abrevan, muchos siglos después, los diferentes modelos terapéuticos. 

Psicagogía propone una forma diferente de pensar las llamadas tecnologías del yo.

Con el paso del tiempo y el surgir de diversos modelos explicativos, que intentaron explicar lo inefable, lo numinoso, el arte psicagógico es paulatinamente desmembrado, y con él también se desmiembra al pretendido beneficiario: el ser humano. 

Acaso sea éste el principal motivo que me condujo a escribir. Me refiero a la necesidad de unir lo dividido, de volver a la antigua forma de contemplar integralmente la individualidad de quienes requieren ayuda.

Indice

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Capitulo I

La concepciónd de lo irracional

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Capítulo 2

El lenguaje como principio ontológico

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Caplítulo 3

Impotencia, inseguridad y angustia

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Capítulo 4

La palabra curativa

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Capítulo 5

La palabra como ensalmo transformador

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Capítulo 6

Entre el silencio y la escucha

Introducción

 

 El interés del ser humano por su propio desarrollo no es nuevo. Hace veinticinco siglos, en la Grecia clásica, nace esta inquietud de la mano de inteligencias excelsas y reflexiones hasta entonces inusitadas. En aquel momento y en aquel lugar, los filósofos protagonizan un giro que busca comprender ya no solo la naturaleza, sino también al ser humano. Viran de esta manera la dirección del foco de sus preocupaciones, abandonan el terreno delimitado por las explicaciones de lo que podriamos llamar «el afuera», para pasar a explorar el de aquellas que remiten a «el adentro», el interior del hombre.

 Sócrates y Platón son representantes destacados de esta corriente, y así como habían influido a la hora de repensar el universo, todo eso que nos rodea, incorporan nuevos objetos a su estudio y permiten que sus coetáneos dirijan la mirada hacia sí mismos, para interrogarse y cuestionarse. Este giro anuncia el surgir de una fuente común, en la que abrevan, muchos siglos después, la psicología, el psicoanálisis, la psicoterapia y también el coaching.

Son aquellos griegos, nuestros antepasados culturales, los primeros en darse cuenta de que necesitan emplear la palabra para aminorar el efecto que sobre sus vidas ocasionan el vacío existencial y la sensación de impotencia, de carencia de poder, aunadas a la angustia que les genera el hecho de ser protagonistas de un período de transición.

En efecto, el siglo V antes de cristo es el momento y la península balcánica el escenario donde se desarrollan sentimientos de inseguridad frente al presente, de incertidumbre sobre el futuro y de culpa por el pasado, esta última debido al miasma, esa mancha que tiñe al individuo por el solo hecho de pertenecer a una familia, y lo pone en la durísima situación de sentir que debe pagar por las faltas cometidas por algún integrante, quizas hasta desconocido, de su árbol genealógico.

Los primeros “maestros de Verdad”, poetas y profetas, se valen de la palabra sacralizada para ayudar a quienes buscan encontrarle un sentido a la existencia. Más tarde, dominan el escenario los sofistas, que despojan a lo dicho de su valor sagrado, y finalmente los relevan los filósofos, que valiéndose de la razón, ayudan a quienes se les acercan a encontrar explicaciones pretenciosas de válidas para todo lo que acontece, y por el mismo sendero, a mitigar el malestar de la incertidumbre, la vergüenza, el desvalimiento y la impotencia, a asombrarse frente a todo lo que sucede y a perseguir la virtud.

En el contexto que describo, el ensalmo mágico, casi equiparable a la hechicería, le va dejando su lugar al ensalmo terapéutico, que utiliza como herramienta a la conversación. El mythos va siendo reemplazado por el logos, y Platón, tras la máscara de Sócrates, anota esos diálogos broncíneos que a través de la refutación construyen la mayéutica, en la que quien pregunta pone al interlocutor cara a cara consigo mismo y lo posiciona, así, frente a un espejo que evidencia su ceguera. Es un acto en el que el alma comienza a ir hacia terreno fecundo, floreciente, enarbolado, donde se encuentra con sí misma y descubre su más propia posibilidad de ser.

Esta que reduzco a la menor cantidad de líneas posibles es la historia de aquellos sabios que entierran la semilla del saber que posa luego su mirada sobre todos los saberes, la Filosofía, y que, más importante todavía, inauguran la etapa aún inconclusa en la que la palabra se convierte en la posibilidad de todas las posibilidades a la hora de impactar sobre los semejantes, para contribuir con la búsqueda necesaria de ellos mismos, para ejercer lo que hoy llamamos «hacerse cargo de sí».

Los griegos acuñan un nombre para su esfuerzo dialógico en pos de conducir las almas: psicagogía. Y es de ese arte más que doblemente milenario de donde se van desprendiendo todos los demás que toman al logos como fundamento clave, y entre los que hoy el coaching se ubica en un lugar cada vez más destacado.

Vistas desde esta perspectiva que toma en cuenta su origen, no es difícil emparentar a cada una de las ramas del saber filantrópico que Michel Foucoault bautiza como «las tecnologías del yo«.

A lo largo del devenir existencial de las diversas disciplinas que abordan el fenomeno humano, muchas de ellas, por no decir la gran mayoría, colocan al hombre que se somete a sus indagaciones en un lecho de Procusto, adaptando la realidad a la teoría, acomodando la consulta a los postulados, encasillando las necesidades en hipótesis que tienen pretensión de verdad, aun a costa de un sufrimiento mayor y hasta de una intervención iatrogénica. No procede, en este punto, diferenciar entre terapia, psicología, psicoanálisis o coaching, sino que importa subrayar que son demasiados los profesionales que, munidos de un saber que candorosa o interesadamente erigen como absoluto, se vuelven defensores temerarios de su propia profesión, desacreditando en el mismo acto otras posibilidades, a pesar de que todas abreven de aquella fuente común nacida en Grecia.

En cambio, la psicagogía, por sobre todas las cosas acepta y defiende que no hay teoría que pueda contener al todo de nosotros todos, sino que la letra debe adaptarse a la riqueza propia de la individualidad, plagada de colores, desbordada de matices, impreganada de variedad, que se presenta en formas y gamas infinitas. En este sentido, la psicagogía no es necesariamente una ciencia, ya que no busca la generalización ni la universalización del saber.

El ejercicio de la psicagogía implica una búsqueda, un estudio del vivir, del pensar y el sentir del ser humano.

La psicagogía es un arte capaz de englobar y contener una multiplicidad de técnicas y saberes en provecho de la aceptación de la subjetividad, es una ayuda al desarrollo de quien llega a la consulta dialógica tantas veces con gritos desgarradores, inaudibles, incluso, que tienen su origen en el hecho de no poder lograr aquello que desea conseguir, o en la alegría contenida que suele generar el haber descubierto las más altas posibilidades de existir, y arribar así a un lugar en el que necesita un guía que eleve su alma hacia otros lugares, antes impensados.

Cuando el estado de evolución permanente del que somos inevitables partes ocasiona la puesta en marcha de las distintas tecnologías del yo, que intentan explicar lo inefable, lo numinoso, el arte psicagógico es paulatinamente desmembrado, y con él también se desmiembra al pretendido beneficiario: el ser humano. Acaso sea este el principal motivo que me condujo a escribir. Me refiero a la necesidad de unir lo dividido, de volver a la antigua forma de contemplar integralmente la individualidad de quienes requieren ayuda, valiéndonos para esto de la psicagogía y de sus derivados naturales, la dialéctica y la retórica, que a su vez dan a luz en su momento a la psicología, la terapia, el coaching, y el psicoanalisis.

Si la palabra incluida en los discursos extensos que tantas veces maquillan sus oradores con fines puramente estéticos (y a veces non sanctos), conlleva la intención de persuadir; la utilizada en el diálogo empoderativo del arte psicagógico tiene una muy distinta, la de indagar en el alma para que cada uno logre develar sus luces, así como también sus sombras. Por eso, cada término vertido en la conversación psicagógica requiere de lo que los griegos conocieron como parrhesía, y nosotros traducimos, simplemente, como «coraje al hablar» o «franqueza de expresión».

Es imposible lograr un efecto beneficioso, kathartico, es decir, purificador, si el alma no se desnuda. Si el habla no es franca, si tanto el consultante como el consultado no están dispuestos a dejar de lado todo tapujo para decir con libertad, sin vacilaciones, se pierde la posibilidad de establecer una auténtica relación psicagógica, y por esto es imprescindible que quien albergue el deseo de hacerse cargo de sí mismo esté dispuesto a mirarse, para verse sin esquivar la mirada sobre lo que no quiere ver por dolor y por temor, como en su ocasión elige Edipo, cuando se arranca los ojos para no hacerse cargo de lo horroroso, lo monstruoso.

Hay, además, un segundo requisito para que la conversación psicagógica se establezca. Se trata de que quien acude al diálogo deposite su confianza en quien lo ayuda a adentrarse en los laberínticos pasillos de su alma, así como Teseo confió en Ariadna, sin cuya asistencia no hubiera logrado recorrer los recovecos tras los que se negaba a la vista el feroz minotauro.

No menos necesario es el ejercicio de la caminata lado a lado, como la que protagonizan Virgilio, el poeta, y Dante, que nos recuerdan, con su movimiento paso a paso, que para llegar al cielo primero hay que atravesar los propios infiernos como lo haría un verdadero héroe.

Se impone comprender, lo subrayo, lo fundamental de la franqueza para que el intercambio de palabras resulte exitoso; y a la vez tener muy claro que este acto de sinceridad suprema, durante el cual quien se desnuda lo hace frente a un espejo que le entrega una imagen del interior de sí, no es una deuda que se tiene con el psicagogo, sino consigo mismo.

El arte de guiar las almas no es otra cosa que una indagación profunda que se vale de la habilidad del lenguaje para afectar, mover, escrutar de cierta manera a quien se desnuda. El psicagogo provee a su interlocutor de logos bajo la forma de preguntas, y ejerce en la misma instancia el delicado arte de la escucha refinada, atenta, sutil.

Juzgo importante aclarar que mientras la pedagogía se dedica a transmitir conocimiento y es el vehículo de nuevas aptitudes, la psicagogía no persigue el objetivo de suministrar habilidades, no suma ni perfecciona competencias particulares, sino que busca que el individuo se transforme en lo más profundo de su ser, utilizando para esto el simple y a la vez complejo recurso del diálogo genuino, continente tanto de palabras auténticas como de silencios respetuosos y reflexivos.

A lo largo de este, mi ensayo, intento dar pistas que delimitan el proceso psicagógico, boceto pasos que lejos de pretender erigirse en recetas todopoderosas tienen la intención de componer una guía abierta de ejecución para el establecimiento de un diálogo ordenado, en el que se acuerdan las formas que se utilizarán; la entrega del alma para que sea desnudada por medio de preguntas y refutaciones hechas con franqueza; el reconocimiento de lo que no se sabe y se creía saber; el descubrimiento, mediante un proceso de alta intensidad, de la sabiduría que yace en el interior de cada uno de nosotros y está ávida por conocer la luz; y por último, el indispensable pasaje a la acción de quien pretende encarar la realidad haciendo el uso máximo de sus posibilidades.

La psicagogía no es una ciencia, no es una técnica, pero sí es el arte de hacer que las palabras pinten en el lienzo aun vacío del futuro un advenir promisorio, el arte que ayuda a esculpir la nueva forma de quien ya no le encuentra sentido a su actual forma de ser, y necesita pensar y proceder de un modo diferente, para conseguir sus más altas aspiraciones.

La psicagogía es, también, el arte que crea y amalgama las partes desmembradas de sentimientos rotos y corazones destrozados; es el arte que se carga al hombro la facultad de crear un creer en los habitantes de este planeta que pueden proyectarse y arrojarse a sí mismos al futuro, con la aceptación inalienable que convierte al ser humano en un ser divino, capaz de fundar con palabras un mundo, de hacer de la propia vida una obra de arte.

Capítulos

Páginas

Las circunstancias nos empujan a filosofar, como ha ocurrido muchas veces en la historia de la humanidad, porque la filosofía no es un mero pasatiempo de quienes tienen el ocio a su disposición sino que surge como una necesidad apremiante de encontrar sentido a lo que nos circunda y a lo que vivimos, a lo que somos y a lo que hacemos.

– Dr. Erique Espinoza Cifuentes PhD

 

Me encantó, no se puede recorrer en un solo viaje.

Juán Pablo Capristo

Cuando leí el libro, quedé atrapada por una fascinación irresistible. Sólo quería continuar leyendo y al final, me sentí enriquecida al haber aprendido tanto.

Adriana Vidaechea

Este libro es un evidente testimonio del alcance que ha tenido Lo Destro a la hora de emprender un camino filosófico distinto, y no se mide en número de citas, ni de notas a pie de página, sino en el afán del autor por hacer de la Filosofía un saber que esté al alcance de cualquier persona

Alejandro Sly

Acerca del autor

,Diego es graduado de la carrera de filosofía de la Universidad de Buenos Aires. Ya han pasado más de 12 años de su graduación. 

Si bien como investigador e historiador de la filosofía antigua se ha especializado en los filósofos de la época clásica ha buscado en los último años hacer accesible dicho saber extrayendo de estos sus principios fundamentales, aquellos que convierten a la filosofía en algo perenne. Pero por sobre todo, ha intentado embeberse de la filosofía sapiencial, aquella que nos ayuda a vivir. Porque la filosofía no es un saber cualquiera es un saber para vivir vidas pensadas.

Diego comprende que la filosofía no es un saber teórico sino práctico, así lo entendían Sócrates, Platón, Heráclito, entre otros. 

La filosofía, considera, nos debe ayudar a vivir vidas pensadas, vidas indagadas que valgan la pena ser vividas. 

«Escribir Psicagogía no fue fácil. Fueron cinco años de investigación. De revisión de textos en su idioma original, especialmente en griego clásico. Releer textos como La Ilíada, La Odisea, La Teogonía y Trabajos y los Días, más de 7 diálogos platónicos con su correspondiente fuente griega y parte del corpus aristotélico. Sin hablar de revisar los fragmentos de sofistas y presocráticos de los cuales solo hay en muchos casos citas que no alcanzan ni a completar una línea de texto, pero que conllevan tanta riqueza que no se lo podía pasar por alto»

Diego Martín Lo Destro

Próximamente

Estoy trabajando en un nuevo libro sobre mitología comparada

 

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